El fuego de las brasas muchas veces nos impide mirar lo que hay detrás, lo que hay debajo. La fotografía suele centrarse en lo que refulge, en lo que truena, se concentra en el grito y no en la palabra que lo habita. El espectáculo de la imagen nos lleva a reducir las llamas a la sola manifestación del fuego y no al retumbar de la tierra que arde.
Antes y después de las brasas está el territorio. Animarse a mirarlo implica retos y apuestas. En esta segunda entrega de “Brasas sobre el pasto seco”, Isaac Guzmán nos invita a aventurarnos, a preguntarnos, más allá del fuego y de las armas, qué territorio estamos mirando. El Chiapas que nos presenta no es sólo un escenario pasivo, sino un territorio lleno de signos que habla de sí mismo.
Hay que detenerse y considerar que el autor es parte, testigo y actor, observador participante. Registra los gritos, los fuegos y la rabia de su propia casa. Al golpear con luz un fenómeno no solamente lo registra, sino que lo incide, cambia su estado, lo vuelve incierto, en un efecto más cercano a la mariposa de Lorenz que a las partículas de Heisenberg. Esa incertidumbre nos obliga a preguntarnos de qué forma participamos del territorio que se narra, de qué forma alimentamos o apaciguamos sus fuegos.
Es un territorio que habla por todas partes. Más que fotografías que han trascendido el pie de foto, nos entrega imágenes que hablan sin necesidad de hermenéuticas profundas, propias de estos tiempos donde las personas son conscientes de la posibilidad fotográfica y producen activamente los signos con los que serán representadas. Incluido lo que dicen quienes no quieren decir: las diferentes formas de decir “no mires mi rostro” son también una declaración, una toma de postura ante el registro visual.
Habitar el territorio es también devolver la mirada. El mise en abyme de una fotografía de una mujer que lleva puesta la fotografía de una mujer ausente y que, al mismo tiempo, mira al fotógrafo que la está fotografiando y, sin saberlo, también interpela al espectador.
Hay aquí imágenes de duelo e imágenes que todavía duelen. Hay ausencias presentes y presencias ignoradas. Pero también tenemos el paisaje que dibujan, el paisaje que les rodea, vuelos que prometen futuro. Ni las personas aquí retratadas ni el territorio se pueden reducir al acontecimiento violento que les atravesó.
Ahí se atisba el oficio del fotógrafo, que sabe la importancia y al mismo tiempo el carácter efímero de la noticia, que mide el riesgo de aproximarse a un arma al mismo tiempo que mide la luz. Ese oficio que consiste en saber dónde colocarse mientras se pregunta qué podría ocurrir, en presente y pretérito potencial, cuando ocupa ese lugar.
Eso mismo nos toca preguntarnos frente a estas imágenes. Porque Chiapas no cabe en una sola foto y tampoco en 47. Es, tal como cierra esta exposición, un mapa incompleto, con indicios de bocetos que toman forma en la imaginación de quien lo contempla. La reflexión alrededor de la posición del creador debe considerar que los sujetos fotografiados ya participan en su preproducción y los sujetos espectadores participan en su posproducción. Nos toca preguntarnos qué estamos viendo, pero también desde dónde estamos mirando, es decir, de qué forma devenimos en territorio.
Leonardo Toledo