24 de septiembre de 2024 / Bats’i Lab, San Cristobal de las casas

 
 

Marco Antonio Cruz en Chiapas

 

El café es grano de aroma desde que crece en los cafetales a la sombra de los grandes árboles.

Son las diferentes variedades y las variadas mezclas las que van conformando el abanico casi infinito de sus posibilidades, el mundo de sensaciones que desaparecerá de un sorbo, con el producto transformado ya en la bebida caliente, y cuyo universo de sabor y olor húmedo cabe en una pequeña taza, en un minúsculo y negro océano que yace sobre la mesa de quien lo saborea a gran distancia, lejos de lo que es ese otro universo desconocido: el de su producción, el de su historia como grano, sudor, mercancía y cultura.

El mundo del café que recrea Marco Antonio Cruz en sus imágenes se expande bajo la niebla y la lluvia, entre las luces y sombras de un aguafuerte distorsionado a veces por la pincelada de la lente: es un mundo solitario, de multitudes solitarias, sombras de niños, mujeres, hombres y ancianos que traen la impronta de la soledad marcada en el rostro, en el huidizo rostro del trabajador migrante, del indio mam guatemalteco, -o severo de los tzeltales y choles del norte de Chiapas-, todos como pequeñas sombras de los restos de la civilización maya de esta parte del continente.

Sombras que surgen en la madrugada, en el inicio de una larga jornada de trabajo, sombras que trajinan a la sombra de los cafetales y que siguen ahí, enmudecidas, en la fila del pagador, en las barracas colectivas, en los lavaderos, en el hacinamiento de los camiones y de las plazas y marimbas de esta cultura de filos y frontera, en el camino de los perros escuálidos, en el de la identidad golpeada y mil veces reconstruida.