40 años del refugio guatemalteco

José Ángel Rodríguez y Keith Dannemiller

La exposición 40 años del refugio guatemalteco reúne el trabajo fotográfico de José Ángel Rodríguez y Keith Dannemiller para recorrer cuatro décadas de historia del refugio guatemalteco en Chiapas: desde la llegada de las personas refugiadas a la frontera sur de México y la construcción de los primeros campamentos, hasta la vida comunitaria, los procesos de retorno a Guatemala y la conformación de nuevas comunidades.

La muestra fue organizada en la comunidad de La Gloria, en el municipio de La Trinitaria, Chiapas, en colaboración con la antropóloga Verónica Ruiz Lagier (ENAH), en el marco de la conmemoración de los 40 años de la llegada del refugio guatemalteco a Chiapas y de la sepultura del padre Javier Ruiz, figura clave en el asentamiento de las comunidades refugiadas en La Gloria.

A través de 58 fotografías, la exposición articula imágenes realizadas por José Ángel Rodríguez entre 1981 y 1993 y por Keith Dannemiller entre 1991 y 1993. El recorrido se organiza en cuatro núcleos: La llegada, Construyendo los campamentos, Vida comunitaria y El retorno. Las fotografías registran distintos momentos de un proceso que no puede entenderse únicamente como un desplazamiento: muestran también la construcción de espacios de vida, las relaciones comunitarias y las transformaciones que atravesaron las personas refugiadas a lo largo de los años.

Las imágenes de José Ángel Rodríguez documentan la llegada de refugiados guatemaltecos a distintos campamentos de La Trinitaria, entre ellos La Sombra, Poza Rica y La Hamaca. Las fotografías de Keith Dannemiller, realizadas principalmente entre 1991 y 1993, se centran en los campamentos de Cieneguitas y Nueva Libertad y en la evolución de las comunidades refugiadas. El conjunto incorpora también imágenes relacionadas con la vida comunitaria en los campamentos de Chiapas y en los reasentamientos de Campeche y Quintana Roo, así como con el retorno organizado al Ixcán.

La exposición forma parte de un proceso de trabajo más amplio en torno a la recuperación de la memoria del refugio guatemalteco. Uno de sus antecedentes fue el Festival de la Memoria Histórica de El Colorado, celebrado en Nueva Libertad el 8 de marzo de 2020. En aquel encuentro se entregaron y proyectaron fotografías tomadas por Dannemiller entre 1991 y 1993, se instalaron imágenes en las calles y bardas de la comunidad y se entregaron copias a las familias retratadas. El festival puso en circulación fotografías producidas décadas atrás y permitió que las propias comunidades participaran en la recuperación y transmisión de esas memorias.

En este sentido, la fotografía aparece no solamente como un registro documental del pasado, sino como un catalizador de la memoria colectiva. Las imágenes permiten volver sobre experiencias que forman parte de la historia de las comunidades refugiadas y abrir espacios para su transmisión entre generaciones. El proyecto plantea así un diálogo entre fotografía y antropología, entendiendo la documentación visual como una herramienta que puede contribuir a la construcción de memoria y al fortalecimiento de los procesos comunitarios.

El proyecto también se vincula con una reflexión más amplia sobre las migraciones y el refugio en la frontera sur de México. Frente a las aproximaciones que reducen la migración a los desplazamientos del presente, el trabajo de Verónica Ruiz Lagier y Keith Dannemiller propone observar los procesos históricos y sociales que dan forma a las experiencias de las personas migrantes y refugiadas a lo largo del tiempo. La historia del refugio guatemalteco permite así aproximarse a las dimensiones políticas, sociales, familiares y comunitarias de la migración.

40 años del refugio guatemalteco reúne, por tanto, fotografías que documentan un proceso histórico y, al mismo tiempo, forman parte de los propios procesos de memoria de las comunidades. Las imágenes permiten mirar hacia atrás, pero también preguntarnos cómo se construyen, se transmiten y se disputan las memorias de quienes han vivido el desplazamiento, el refugio, el retorno y el asentamiento en nuevos territorios.

Refugiados Mayas Guatemaltecos en México, 1991-1993 y 2020

A principios de la década de los años 80, Chiapas, uno de los estados mexicanos que conforman la frontera sur del país con Guatemala, se convirtió en un refugio seguro para hasta cien mil personas mayas. Huyeron para sobrevivir a una política de tierra arrasada patrocinada por el gobierno guatemalteco, que avanzaba a lo largo del territorio mientras asesinaba a la población indígena, destruía sus pueblos y acababa con su cultura. Las tropas del ejército contaron con la asistencia de patrullas civiles —integradas por residentes fuertemente armados para patrullar aldeas calificadas de “sospechosas”— que trabajaron a instancias de los militares. En esta zona de guerra ubicada al norte del país, las tropas del gobierno lucharon contra una insurgencia de izquierda cuyos bastiones y zonas de influencia coincidían con los asentamientos indígenas. De ahí que los campesinos fueran tildados de guerrilleros o, cuando menos, de simpatizar con los insurgentes.

Tanto el comercio como los flujos laborales transfronterizos ya eran comunes mucho antes del éxodo a México, y los lazos históricos también traspasaban la línea de 871 kilómetros que separa a ambos países. En un inicio, los campamentos fueron instalados en las inmediaciones de la frontera. Sin embargo, las incursiones del Ejército de Guatemala a territorio mexicano con el único objetivo de exterminar a los refugiados eran frecuentes.

Cerca de 90 campos de refugiados fueron establecidos en México conforme transcurrió el conflicto guatemalteco. De estos, una gran parte fue poblada por indígenas que huyeron de los horrores del fronterizo departamento –principal división administrativa guatemalteca— de Huehuetenango, dejando atrás sus municipios de origen, tales como Nentón, San Miguel Acatán, Santa Ana Huixta y Colotenango.

Debido a que las redadas transfronterizas continuaron durante la década de los años 80 e inicios de la década siguiente, los refugiados guatemaltecos optaron por alejarse de la frontera y adentrarse cada vez más en territorio mexicano.

Palabras durante la ceremonia y el retrato del padre Javier Ruiz. Fotografías: Pablo Farías Campero, 24 de noviembre de 2021.

Keith Dannemiller

Keith Dannemiller

Keith Dannemiller es un fotógrafo documental y fotoperiodista estadounidense establecido en México desde 1987. Su trabajo ha sido publicado internacionalmente en medios como TIME, The New York Times, National Geographic, Newsweek, Vanity Fair y Al Jazeera. Ha expuesto su obra en México y otros países, y fue seleccionado como artista residente por el Eyes on Main Street Photography Festival en 2017. Su trabajo forma parte de la Wittliff Southwestern & Mexican Photography Collection, en Texas. Su extensa trayectoria se ha centrado especialmente en la vida cotidiana, la migración y los procesos de desplazamiento en México y América Latina. En Chiapas documentó la vida de comunidades de refugiados guatemaltecos, un trabajo reunido posteriormente en el libro Memoria a través de la imagen.

Visité por primera vez el campo de refugiados de Cieneguita en enero de 1991. Poco después, algunos de sus habitantes se mudaron para así convertirse en fundadores de una naciente comunidad bautizada como Nueva Libertad. También conocida como El Colorado, esta localidad fue establecida en una zona árida y semidesértica, donde un canal de riego fungía como la única fuente de agua potable al igual que el único lugar para bañarse. Tal comunidad sobresalió entre los campamentos de refugiados en México debido a que fue fundada con el singular objetivo de reunir en un solo lugar a quienes deseaban regresar como grupo y restablecerse colectivamente en Guatemala. Durante los años siguientes volví a fotografiar numerosas veces en Nueva Libertad. Documenté la vida diaria y, más importante aún, la construcción de una nueva comunidad guatemalteca en México –es decir, sobre suelo extranjero—.

A pesar del profundo deseo por regresar a su país de origen, muchos de los habitantes de Nueva Libertad le exigieron al gobierno guatemalteco que, antes de volver, cumpliera con una serie de condiciones para su repatriación. Entre estas figuraban las siguientes: antes que nada, el regreso debía ser una decisión individual y voluntaria; dado que, en la mayoría de los casos, los refugiados mayas habían huido juntos –como comunidad—, el proceso tendría que realizarse organizada y colectivamente, a la vez que acompañado por un organismo que fungiría como testigo neutral; los repatriados necesitaban el reconocimiento de su derecho a asociarse y organizarse libremente; y, de igual manera, exigían acceso a la tierra en su regreso a Guatemala. Pero no fue sino hasta inicios de la década de los años 90 –luego del rechazo del gobierno guatemalteco a cumplir con dichas condiciones—, que grupos de migueleños (oriundos de San Miguel Acatán) decididos a obtener la ciudadanía mexicana o la residencia permanente en Nueva Libertad, finalmente obtuvieron los terrenos en donde vivir y cultivar legalmente.

Llegué a Cieneguita antes del amanecer, después de un viaje de cuatro horas desde Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas. Mientras esperaba a que los líderes de la comunidad comenzaran su rutina matutina, pude ver la luz de las fogatas encendidas dentro de las casas de madera. Conforme el campamento cobraba vida, las luces parpadeantes se encendían una por una sobre las laderas opuestas y adquirían la apariencia de cientos de luciérnagas.

Después de hablar con los líderes de la localidad y recibir su permiso para fotografiar, salió el sol y una multitud de niños pequeños se reunió a mi alrededor. La curiosidad pudo más que su miedo a un extraño alto equipado con una cámara. Un niño me preguntó si podía mirar específicamente a través de la cámara armada con un teleobjetivo largo. “Claro, adelante,” le dije. Sostuvo la cámara y entrecerró los ojos por el visor, recorriendo las laderas cercanas y luego las montañas distantes con este nuevo dispositivo desconocido. Le pregunté qué buscaba tan atentamente con mi equipo. “Solo quería ver mi casa en Guatemala, pero no puedo”, respondió.

Hoy en día, casi 30 años después de esa visita a los campos de refugiados en Chiapas, los guatemaltecos que huyeron por sus vidas y buscaron un futuro son ciudadanos mexicanos y Nueva Libertad ya no es campamento de refugiados. Pero la visión de una patria es ilusoria. Ahora, una nueva generación de hombres y mujeres jóvenes emigra de Nueva Libertad; no a través de una frontera cercana donde las costumbres y tradiciones son semejantes, sino a través de una frontera a miles de kilómetros de distancia donde esperan alcanzar un futuro incierto en los Estados Unidos. Así continúa la diáspora de los guatemaltecos mayas.


José Ángel Rodríguez (Peñón Blanco, Durango, 1954) es fotógrafo e impresor, con más de cuatro décadas de trayectoria vinculada a las comunidades indígenas y a los procesos sociales de México, especialmente en Chiapas. Se inició en la fotografía como laboratorista y posteriormente fue discípulo y asistente de Manuel Álvarez Bravo. En 1980 se estableció en San Cristóbal de las Casas, donde desarrolló junto a Antonio Turok una extensa labor documental y de impresión en plata gelatina.

Su obra aborda la vida cotidiana y ritual de los pueblos indígenas, así como acontecimientos como el refugio guatemalteco, el terremoto de 1985 y el levantamiento zapatista. Ha recibido la Medalla Shingwauk de Algoma University y la Medalla al Mérito Fotográfico en Chiapas. Es autor de Vidas Ceremoniales (1991) y Lok’Tavanej: cazador de imágenes (2002), y su obra forma parte de colecciones de museos de fotografía en México, Estados Unidos y Europa.